opcional
hubo una vez…
era un tiempo
que se disolvió en millones de momentos.
un joven sapo se paseaba en un denso bosque de pelos de perro.
érase una vez un joven perro que necesitaba un corte nuevo. un día encontró unas tijeras y asombrosamente al apuesto perro se le prolongaron dedos, incluyendo el pulgar.
ese día el perro se realizó su primer corte, con sus primeras manos, para él mismo, en el mismo lugar.
el proceso duró toda la noche. al salir el sol se le regresaron las manos como siempre. continuó su camino pero sin limpiar.
la luna se llevó sus manos y aún conserva las tijeras, las guarda el conejo y las resguarda en su madriguera.
todo es por eso…
el joven sapo se abría paso entre los matorrales de pelo, entre los animales de pelo, entre el pelo de perro, entre su aversión a abrirse paso, todo por su amor al pelo.
hubo una vez un animal de fisionomía desconocida que nunca su propio ser vio en vida.
un día murió.
un tiempo después en otro cuerpo encontró una vida, un fetiche y una perversión.
un dia encontró un peine de marfil olvidado de una canción de dominio popular.
el jamás cantó esa canción, pero lo encontró como un objeto abandonado.
un día encontró una cabeza, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con un solo deseo: peiname la cabellera.
el animal siempre llevaba el peine a cuestas, pese a que tenía casa con vestimentas y armarios.
“peiname la cabellera” escuchó y de inmediato obedeció.
se le acabó la vida cumpliendo un deseo, saciando su propio capricho.
la cabeza se quedó sin peinador con el tiempo.poco a poco se le fue enrredando nuevamente la melena. abrió los ojos y cerró la boca para esperar lo que sea que le espera.
eso justifica las filias ajenas.
el sapo se quedó para siempre entre el pelo, las marañas y sedas.
para siempre, hasta mañana.